Gabriela Collado

Terapeuta Holística. Maestra Espiritual. Coach en Relaciones. Terapia PNL. Transgeneracional. Biodescodificación. Risoterapia. Reiki Master. Terapia Metamórfica. Registros Akashicos. Tarot Evolutivo. Canalizaciones. Terapias y Talleres Vivenciales (Presenciales y On Line). Conferencista. Seminarios Motivacionales.
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martes, 28 de marzo de 2017

Mis propias manzanas



"Y, cuando los dejes desnudos y al descubierto frente a sí mismos, te maldecirán." Dijo Blancanieves.
"Querrán destruirte sólo porque no soportarán asumir sus propias miserias y te culparán por ellas." Continuó.
"Pero, querido espejo, no habrá nada que tu puedas hacer para impedirlo. ¿Cómo dejar de mostrar la verdad? Eres reflejo."
"Yo, sin embargo, he decidido que desde hoy cultivaré mis propias manzanas." Concluyó.

⚜ Maga

martes, 25 de octubre de 2016

La Santa Muerte

 
 
Se dice que las culturas antiguas utilizaban la calavera como signo del alma porque, despojados de todo, la humanidad se veía toda igual. 
Me gusta como punto de vista. 
Vamos caminando hacia la muerte. Siempre caminamos hacia la muerte, viviendo, disfrutando, en el mejor de los casos, siendo y amando, intentando aprender, para que cuando llegue, la persona a la que veamos en el espejo, nos guste. 
La muerte es una amiga, una aliada que comparte tu vida a cada instante. No importa si no eres consciente de ello pero, si lo eres, tendrás la fortuna de recibir su regalo, de escuchar sus consejos; porque no hay nadie que pueda enseñarte mejor el valor de la vida, que la muerte. 
No le temas a esta gran maestra. Al fin y al cabo todos necesitamos que nos susurren cuáles son las cosas que debemos dejar morir para tener más vida. 
Esta es una época propicia para reflexionar al respecto. 
¿La escuchas? Es la que te dice: ¡Vive! 
 
⚜ Maga ☥

lunes, 21 de septiembre de 2015

La trampa de Ulises o cómo reconocer al amor verdadero



Odisea: El certámen del arco

El regreso a Ítaca
Tras veinte años fuera de Ítaca, Ulises regresa, pero decide ser prudente y no mostrarse tal y como es hasta asegurarse de quiénes le van a recibir bien y quiénes no. Atenea le disfraza de mendigo. Y así llega a su hogar. Allí los pretendientes de Penélope, su mujer, campan a sus anchas y nadie se siente capaz de detenerlos. Una vez ha visto lo que hay, se prepara para resolverlo.
Se refugia en la cabaña del porquerizo del palacio, que le sigue siendo fiel. Allí es donde se encuentra con Telémaco. Ambos se sientan y conversan. Llegado el momento, Ulises le dice quién es. Telémaco mira al mendigo con escepticismo. Atenea le devuelve su figura habitual, pero Telémaco sigue desconfiando. Ulises se levanta enfadado y comienza a regañarle como solo los padres saben hacerlo.
"¿Cómo te atreves a contradecir a tu padre? ¿Cómo que no me reconoces? Te digo que yo soy Ulises".
Entonces es cuando Telémaco le cree y entre los dos urden un plan contra los pretendientes.
           
El fin de los pretendientes
Ulises, disfrazado de mendigo, y Telémaco regresan al palacio. Ulises observa, ayudado por Telémaco, quienes le siguen fieles y quiénes no. Penélope los ve y se acerca. Pregunta al mendigo por Ulises, como hace a todos los viajeros. Ulises le miente. Le cuenta que vio a Ulises al principio de la guerra. Inmediatamente, Penélope le toma simpatía y manda a una sirvienta que le lave los pies. La sirvienta es Euriclea, la antigua nodriza de Ulises. Ulises sabe que le reconocerá cuando vea en su pantorrilla una cicatriz que tiene desde pequeño, como efectivamente ocurre. Euriclea calla por orden de Ulises y se marcha de allí, incapaz de ocultar lo que siente.
Los pretendientes siguen acosando a Penélope. Harta les propone lo siguiente: el que sea capaz de tensar el arco de Ulises, ese será su marido.
Todos fanfarronean. Pero tensar el arco de Ulises no es tan fácil. Todos los pretendientes lo intentan sin conseguirlo. Penélope sonríe. Mientras, Telémaco y Ulises han ido cerrando las puertas de la sala.
Telémaco también lo intenta y por poco lo consigue. Los pretendientes se burlan.
"Yo también voy a intentarlo" dice el mendigo que es Ulises. Los pretendientes le arrojan cosas. Es Penélope quien le defiende.
"Si este hombre lo consigue, le colmaré de riquezas y regalos" dice. Luego se retira a descansar.
Ulises va tensando el arco y Telémaco termina de cerrar las puertas. Con una facilidad asombrosa, Ulises consigue tensar el arco, pone una flecha y apunta a un pretendiente. Atenea le devuelve su aspecto. Caen uno tras de otro.
           
Ulises, rey de Ítaca
Penélope descansa en su habitación. Pero le despiertan los gritos de las sirvientas. Euriclea entra en la habitación como una tromba.
"¿Qué haces aquí dormida? Levántate, mujer. Ulises ha vuelto".
Penélope baja para encontrar a su hijo charlando animadamente con un desconocido que se parece mucho a Ulises. Pero ella es prudente. Todos le reprochan su corazón de piedra sin saber que ese corazón es el que le ha permitido sobrevivir a las injurias de los pretendientes.
Decide probar al desconocido, tenderle una trampa. Se vuelve y le dice a un criado que bajen la cama de Ulises hasta allí porque no piensa dormir con él.
Ulises pone los brazos en jarras y la mira con fuego en los ojos.
"¿Te has vuelto loca Penélope? Mi cama no se puede mover. Uno de sus pilares es un olivo que yo mismo sembré".
Ulises ha probado su identidad. No necesita nada más.
Ulises va a ver a su padre Laertes. Al principio el viejo no le reconoce y una vez más Ulises tiene que probar quien es. Luego los dos regresan a Palacio.
Tumbados en la cama, Penélope y Ulises se cuentan sus aventuras. Atenea hace que esa noche sea más larga de lo habitual.
Lo que hicieron cuando terminaron de hablar no lo recoge la mitología.

***

Esta es la última parte de la Odisea y me valdré de ella, en este caso, para referirme a la búsqueda del compañero.
Penélope es considerada un símbolo de la fidelidad conyugal y Ulises el esposo que debe demostrar que el reino es suyo.
La pareja perfecta para nosotros es aquella que se adecúa a lo que siempre deseamos, pero no siempre permanecemos fieles a este ideal. Ya sea por el temor a quedarnos solos, por las opiniones ajenas, por querer cumplir con los roles que nuestra educación o nuestra sociedad nos han impuesto sobre cómo debería ser o deberíamos ser dentro de una relación o por creer que nunca encontraremos en otro ser aquello que tanto hemos anhelado, acabamos abandonando la espera y nos conformamos con una relación que es un pálido reflejo de aquello que deseábamos para nosotros y que en el fondo de nuestro corazón seguimos sabiendo que existe, que es posible.
Esta es la primera lección de Penélope. Penélope encontró a su compañero en Ulises y se casó con él. Cuando Ulises partió hacia la guerra de Troya, Penélope lo esperó. Cuando, diez años después, la guerra de Troya acabó y se enteró del regreso de todos los reyes vecinos que habían participado en la misma junto a su esposo, pero Ulises no regresaba, aun así continuó esperándolo.
No fue por falta de pretendientes por lo que Penélope decidió esperar el regreso de Ulises, sino porque no era darle un consuelo a su corazón lo que ella quería. Ella sólo deseaba el regreso de su esposo, el amor que sabía existía y era perfecto para ella.
Pero la sociedad a veces apremia, las circunstancias también y ella, que estaba decidida a permanecer fiel, no a Ulises, sino a su propio corazón, a sus propios deseos, urdió un plan para distraer a los pretendientes. Hizo la promesa de que cuando acabara de tejer el sudario para su suegro, elegiría uno de los pretendientes. Y así cada noche destejía cuanto había tejido durante el día. Cada día tejía las ilusiones de encontrar, en alguno de ellos, el rostro del esposo anhelado y cada noche, al hallarse sola con su corazón, destejía sus falsas ilusiones para escuchar únicamente a su propia verdad, la verdad que su corazón seguía susurrándole “Ulises llegará”.
Durante todos los años de espera Penélope le preguntaba a cada viajero que llegaba a su reino si sabía algo de Ulises. Así, con cada “viajero” que se acerca a nuestro corazón, nos preguntamos qué traerá de Ulises. ¿Será él? ¿Está cerca?
Así transcurren los años y un día llega al reino un mendigo, alguien que en nada se parece a ese Ulises que anhelamos y volvemos a preguntarle, no a él, sino a nuestro corazón ¿qué sabes de Ulises?
Penélope siente que no le queda mucho tiempo, que no puede esconderse mucho más en su sueño, que deberá elegir un pretendiente entre todos los que habitan su reino. La consigna es la siguiente: aquel que logre tensar el arco de Ulises, se casará con ella.
La fuerza del arco representa la intención y, sólo aquel cuya intención sea la precisa, la que se adecúa a la representación de nuestro “Ulises” interior, será el elegido.
Por supuesto que todos los pretendientes se quedan a mitad de camino y sólo uno consigue tensar el arco. Mientras todos los pretendientes fanfarronean, uno sólo se mantiene sereno tensando el arco sin detenerse.
Aun así Penélope desconfía, han sido muchos años de ilusiones vanas, demasiados años esperando la llegada de Ulises para sólo encontrarse con impostores deseosos de hacerse con su reino sin las intenciones adecuadas. No es fría, sólo es prudente y fiel a sí misma.
Entonces decide tenderle una trampa al supuesto Ulises y probarlo. Si realmente es él, conocerá el secreto escondido en su lecho, ese que nadie más sabe. Y el lecho aquí representa, sin duda, sus anhelos más íntimos. Así que si ese ser, que dice ser Ulises, sabe cómo llegar a su intimidad, sabe cómo acceder al rostro todos ocultamos y también Penélope, si sabe reconocer su otra naturaleza, entonces ya no habrá dudas ¡Ulises habrá llegado!
Ella dice que no dormirá con él y que la cama de Ulises será trasladada para cobijar al recién llegado. La particularidad del lecho es que ha sido construido sobre un pilar de olivo. El olivo es el fruto de la pasión y sólo el verdadero Ulises sabe que ese es uno de los pilares fundamentales del lecho de la pareja. Sólo Ulises y Penélope saben dónde se halla la pasión en el lecho que ambos compartirán. 
Cuando el verdadero Ulises se descubre ante Penélope, el tiempo se detiene, porque eso sólo lo consigue un Amor auténtico.

Como Ulises, el amor a veces llega disfrazado de una cosa diferente a la que esperamos. Observa, ponlo a prueba, no lo des por sentado de entrada. Ten la constancia y la paciencia infinita de Penélope. Nunca dejes de perseguir aquello que anhelas y que tu corazón sabe que existe. Nunca pierdas la fe en eso que crees. Te cortarán los brazos, las piernas, la cabeza, hasta que vuelva a crecer una nueva cabeza para materializar aquello en lo que nunca has dejado de creer, sea lo que sea.
Desteje tus ilusiones cada noche, coloca tus manos sobre tu corazón y dile “lo estamos haciendo muy bien”.



lunes, 10 de agosto de 2015

Psyche & Eros: Ese Amor del Alma

Louis Jean Francois - Eros And Psyche
Cuenta el mito que Psique (en griego: alma humana) era una joven princesa mortal de extraordinaria belleza, a quien la misma diosa Afrodita, madre de Eros, rechazaba por su hermosura. No obstante la admiración que profesaban los jóvenes por ella, no había encontrado aún esposo, por lo cual sus padres, preocupados, decidieron consultar al oráculo. Éste, influenciado por Afrodita que, como dijimos la detestaba, mandó al padre a abandonar a la joven en la cumbre de un monte lejano, en una roca solitaria, en donde sería devorada por un monstruo, bajo amenaza de que si no lo hacía sería el responsable de una terrible calamidad.
Estando allí Psique, harta de soledad, esperando la ejecución del oráculo, llegó Eros, el dios del amor (de la atracción sexual y del sexo), con sus flechas doradas a cumplir el pedido de su celosa madre de matar a la bella joven. Pero Eros, al verse deslumbrado por la hermosura de la joven,  tropezó y se pinchó con una de sus propias flechas, quedando así enamorado de Psique. Entonces comenzó a soplar el viento Céfiro, que siempre arrastraba buenos augurios, y tras celebrarse una boda especial, por orden de Eros, envolvió con suavidad a la joven en su bruma y la transportó al magnífico palacio del más grande de los amadores.
Eros se acercaba a su amada solo por las noches, y en una especie de ensoñación sentían la ternura y el amor sagrado e infinito. Así en ese estado Eros, que era inmortal, le hace prometer a la mortal Psique que jamás intentaría ver su rostro, ya que si eso ocurría la desdicha los alcanzaría. Cada mañana Eros besaba a su amada y la abandonaba, para volver cada noche a su lado.
Un día Psique decidió ir a ver a sus padres y hermanas, quienes al verla tan llena de vida se alegraron, pero sus hermanas luego de haber escuchado sus relatos del maravilloso amor que estaba viviendo, tal vez por envidia, instaron a la joven a urdir un plan para que viera el rostro del joven esposo, sembrando en ella la duda, de que tal vez éste fuera un horrible monstruo y por eso no se dejaba ver. Para tal fin la proveyeron de una lámpara de aceite.
Volvió Psique al palacio en busca de su amor y cuando Helios (sol) llegó a su ocaso, los esposos, tras haber pasado los momentos de fogosidad amorosa se dejaron llevar por el sueño. Pero Psique que en realidad fingía descansar, al ver a su esposo dormido, encendió la lámpara y vio entre nerviosa y aturdida en el efebo, el cuerpo y el rostro más hermoso que jamás pudiera imaginar, haciendo caer en su sorpresiva visión una gota del aceite sobre Eros, quien despertó al instante y huyó.
Desde ése momento Psique no volvió a conocer momentos de felicidad, había encontrado el amor, pero éste se había convertido en el monstruo que había predicho el oráculo, ya que la condenaba a vivir sin la dulzura del amor sagrado y de su compañía.
Tras estos desgraciados sucesos, Psique abandonó el palacio y se vio sola y vagando sin que nadie la ayudara, entonces Afrodita, la obligó en su necesidad, a realizar tareas desagradables y duras para que su hermosura se ajara. La última tarea penosa que le encomendó, fue la de bajar al mundo subterráneo del reino de Hades, la sombría y neblinosa  morada de los muertos, para traer un frasco de belleza de Perséfone, haciéndole la recomendación de que no debía abrir por ningún motivo el frasco que lo contenía.
Cuando Psique, tras andar y desandar el camino tortuoso, en medio de su vuelta no pudo resistir la tentación y abrió el frasco, al instante se esparció un perfume que adormecía a cualquier criatura viviente. La propia Psique sufrió los nefastos efectos y mientras quedaba sumida en un profundo sueño del que jamás despertaría, apareció Eros que, como seguía enamorado con un amor profundo, acudió en su ayuda y pinchándola con una de sus flechas doradas logró despertarla. Así Psique, aunque mortal, y obteniendo los favores de Zeus, quien le otorgó la inmortalidad de los dioses, gozó nuevamente del su amor del alma Eros.

Este mito nos ayuda a interpretar, con su historia de amor arquetípica, el proceso de la  maduración de los sentimientos y la capacidad para relacionarnos con otra persona.
En el origen del amor aparece el capricho de Afrodita, ya que sin su intervención Eros y Psique jamás se hubieran encontrado, y emerge con éste encuentro primitivo pero vital, el recorrido del camino del amor.
El encuentro deviene en una relación de atracción sensual y espiritual, algo surge desde dentro, de cada uno, una potencialidad que se pone en marcha en una relación.
La celebración del encuentro, lleno de promesas, en un nivel más profundo de la experiencia, trata de disfrutar del amor mientras se pueda, sabiendo que muchas cosas pueden ocurrir, felices y penosas, en el recorrido del camino del amor. Y en ese intento de permanecer sólo en el disfrute, Eros prefiere ocultar su verdadero rostro, aparecer cada noche para volver a marcharse justo cuando Psiche podría descubrir cómo es en verdad.
Entonces aparece el desconcierto y la duda, representado en el relato mítico por las hermanas. Cada uno de nosotros tiene "esas hermanas" dentro, que nos llevan a las sospechas bajas y mezquinas respecto del otro, en donde los fantasmas de posibles heridas se hacen presentes.
El conflicto es pues inevitable y representa el tiempo de prueba de la relación. La traición de Psiche a Eros puede ser penosa pero necesaria puesto que rompe la magia del enamoramiento ciego. A veces traicionar puede significar ser uno mismo. Es el deseo de conocer al compañero. Es la traición a la exigencia o la expectativa irracional de otra persona, un aspecto difícil pero frecuente en la profundización de una relación. El enamorado (Eros) se esconde: “no intentes conocerme, sigue enamorada de la imagen que tienes de mí” y Psiche lo traiciona en su deseo de conocer la verdad.
Pero no todo está perdido, porque el Amor siempre intentará reparar y reconstruir.
Luego llega la soledad, el desconcierto, la nostalgia del amor. El retiro al Hades, a la oscuridad del subconsciente, al enfrentamiento con uno mismo frente al sentimiento. La revisión de lo hecho y de lo vivido como experiencia, y el recorrido de las duras pruebas de ese amor, que necesita tiempo y esfuerzo, que muchas veces se expone a la humillación y al sufrimiento, pero con el compromiso firme del amor hallado y el intento de recuperar el amor perdido, sabiendo que solo el destino y no la terquedad une a las almas.
Entonces Eros vuelve a rescatar Psiche, ha sido humanizado por el amor de Psiche y ya no necesita ocultar el rostro y, a diferencia del amor inicial, este reencuentro de amor fue ganado, no con la fuerza, la voluntad o la manipulación emocional, sino con la fidelidad al sentimiento y con el compromiso del amor sagrado que no abarca solamente una dimensión personal y sensual, sino también una dimensión espiritual lo que lo sublima a la conexión con lo Divino.
Se ha dicho alguna vez que amar a otra persona abre el corazón a la vida misma. El amor cuando ha pasado muchas pruebas y ha sido edificado sobre la honradez y la humildad, nos unirá al amor verdadero y nos conectará con nuestras propias almas y con un sentimiento de permanencia, significado y rectitud de la vida. No todas las relaciones pueden alcanzarla y ninguna relación puede alcanzarla continuamente. Parece, no obstante, que los humanos seguimos intentándolo.



Bibliografía:
  Enciclopedia de Mitología Universal - Ed. Nueva Lente - Madrid 19
  El Tarot Mítico -Juliet Sharman-Burke y Liz Greene-Ed. EDAF- Madrid 2005      

domingo, 26 de julio de 2015

Kirón y Prometeo o el regalo de la herida del ser amado



KIRÓN
En la Mitología Griega Kirón era un centauro, un dios inmortal que vivía en la Tierra, siendo el maestro de muchos héroes griegos. Una vez fue herido accidentalmente por una flecha de Hércules. La herida era muy dolorosa y no podía curársela, a pesar de que Kirón era un gran sanador.
El detalle era que Kirón no podía morir a causa de su herida porque era un dios, era un inmortal; pero tampoco podía curarse. Kirón sufría mucho porque nadie podía sanarle la herida y como además no podía morir, no tenía ni siquiera la esperanza de que algún día cesase su dolor con el descanso de la muerte.
Estaba condenado a un dolor eterno. Él podía haberse amargado haciendo más penoso su dolor; también pudo haberse entretenido con inútiles lamentaciones o dirigir su dolor y su rabia a los demás; pero no hizo eso, sino que su dolor le hizo más sabio aún, le hizo comprender mucho más sobre la naturaleza del dolor humano y eso le convirtió en el más grande de los SANADORES de la mitología.

PROMETEO
Una vez, el pueblo sacrificó un toro a Zeus. Era costumbre ofrecer parte de la víctima al dios y quedarse el pueblo con otra parte. Prometeo dividió la carne en dos: una buena y otra buena sólo en apariencia, pues eran prácticamente los huesos camuflados con la piel. Zeus escogió esta segunda y cuando descubrió el engaño se enfadó muchísimo y decidió privar del fuego a la humanidad.
Prometeo se compadeció de los humanos y robó el fuego de los dioses en un tallo de hinojo y se los dio a los humanos enseñándoles su funcionamiento. Zeus castigó a Prometeo encadenándole a una roca y haciendo que una gran águila le devorara su hígado eternamente, pues cada día Zeus le reconstruía el hígado, para que cada día el águila lo devorase.
El héroe Heracles, hijo de Zeus, rescató a Prometeo, disparando al águila y rescatando al titán. Cuando Zeus se enteró, estuvo contento por la hazaña de su hijo, pero quiso que Prometeo recordara siempre que se había portado mal y le condenó a llevar siempre el anillo de metal con el que estaba encadenado, así como un trozo de la roca.
Quiso el azar que Prometeo se encontrase con el centauro Kirón que, herido por una flecha de Heracles, tenía unos terribles dolores y quería morir. Pero Quirón tenía el problema de que era inmortal y tuvo que encontrar a alguien que aceptara su inmortalidad. Prometeo aceptó y pasó a ser in mortal en lugar de Kirón y Zeus aceptó la liberación de Kirón y la inmortalidad de Prometeo.

***

Estos dos mitos que se unen tienen varios aspectos para comprender su enseñanza completa.
Por una parte tenemos a Kirón que era mitad bestia, mitad humano. Su herida incurable se produce por una flecha disparada hacia su parte animal por su mejor amigo Heracles.
La parte animal de Kirón representa nuestros bajos instintos, aquello que escondemos en nuestras sombras. Normalmente aquella persona que más amamos o que más nos ama es la que nos ayuda a hacer visible esa sombra, enfrentarnos con aquello de nosotros que no queremos ver, y eso, en un primer momento, nos puede herir terriblemente. Pero, dependiendo de la actitud con la que decidamos vivirlo, ese dolor puede hacernos más fuertes. Puede que la herida no desaparezca, pero podemos hacer que deje de doler cuando la utilizamos para comprender las heridas ajenas y sentir empatía hacia su dolor.
En lugar de seguir cargando con él y hacerlo eterno, debemos morir a él. Y muchas veces, tal y como hizo Kirón con Prometeo, liberar a los demás de su sufrimiento nos ayuda a liberarnos a nosotros mismos del nuestro.
Eso nos da la sabiduría, representada en este mito por el aspecto de maestro de Kirón y nos permite sanar el alma.
Por otra parte está Prometeo que cree que puede engañar a los dioses entregándoles una apariencia. Divide la carne en dos, es decir que permanece en la dualidad, y entrega sólo un envase vacío, una apariencia. Esto simboliza cuando creemos que somos en verdad buenos por seguir un dogma, cuando creemos que en verdad somos seres despiertos por ponernos un atuendo o seguir ciertas prácticas pero, en verdad, no hemos hecho el arduo trabajo de reconocer nuestra dualidad, seguimos imbuidos en el juicio y no nos hemos enfrentado a nuestras propias sombras, nuestro lado animal.
Cuando hacemos esto nos estamos alejando de nuestro propio fuego creador (nuestra luz, nuestras emociones y nuestro propio poder) y por eso en el mito los dioses privan a la humanidad de ese fuego como castigo. En realidad no hay ningún dios fuera que nos castigue, sino nuestra divinidad interior que se aparta de nosotros cuando actuamos así.
Sin embargo Prometeo, que se cree más listo que Zeus (o nuestro ego cuando se cree más listo que nuestro corazón), decide robar el fuego al dios y enseñarle a los demás cómo funciona. Pero los dioses vuelven a castigar a Prometeo encadenándolo a una roca. Es decir que, el seguir escapando de nuestra sombra, nos encadena aún más a la materia, a las apariencias, a la dualidad, a los juicios que generan as culpas, al ego. No se puede robar el fuego a los dioses, no podemos jugar a estar despiertos. Para poder enseñar el uso del fuego a los demás debemos despertar antes a nuestro propio fuego.
No conforme con eso, Zeus envía un águila para que cada día le devore el hígado a Prometeo y, cada noche éste vuelve a regenerarse para ser devorado otra vez al día siguiente. El hígado es el saco en el cual escondemos nuestra ira, nuestros rencores y nuestra frustración. Cada vez que reprimimos nuestras emociones (que nos privamos de su fuego) el hígado se bloquea. Es el hígado el que filtra y elimina los desechos de nuestro organismo. Así que, si bloqueamos nuestra emoción quedándonos en la apariencia y la escondemos en nuestra sombra, deberemos seguir cargando con nuestros residuos emocionales y éstos tomarán el mando en nuestra vida, a través del subconsciente, encadenándonos cada vez más a aquello de lo que huimos.
Heracles, el hijo del dios y el amigo que hirió a Kirón, rescata a Prometeo de la roca. Y esto me recuerda en cierto modo a Cristo, el hijo de Dios que quiso enseñar a los hombres a liberarse de sí mismos cuando fue crucificado a la materia para redimir al ego y resucitar al ser. Ese mismo Cristo que, con su sola presencia, refleja la verdad haciendo que los demás se enfrenten con su propia sombra. Sólo quienes posean la actitud y sabiduría de Kirón sabrán utilizarlo para sanar el alma, pero quienes decidan permanecer en la apariencia como Prometeo acabarán devorados por su propia ira.
Finalmente Prometeo, al ser liberado de la materia, se encuentra con Kirón el sabio quién, a modo de recompensa por haberse enfrentado consigo mismo y haberse deshecho de su apariencia, le entrega su propia inmortalidad.  Es decir que al liberarnos del ego nos encontramos como recompensa con la sabiduría, con el propio maestro interior.
Kirón entonces puede morir, pero no muere al ser eterno que en verdad es y somos, sino que mueres al sufrimiento y al dolor para despertar a la conciencia eterna. Y puede hacerlo, puede liberarse a sí mismo y despertar porque ha comprendido que no está separado del resto, que Prometeo y Heracles y todos a cuantos había ido sanando eran él mismo y que sólo liberándolos (esto es perdonando y perdonándonos, comprendiendo que todos cumplían un papel dentro de nuestro sueño de ilusión) sería capaz de liberarse a sí mismo.
Para terminar quisiera rescatar también el símbolo del águila que representa también ese renacimiento que se nos ofrece luego de atravesar una crisis que nos lleva a despojarnos del ego para poder volar libres. El mensaje del águila es "Si quieres volar tendrás que soltar tu historia".
La enseñanza del águila está contada en el siguiente video: