Gabriela Collado

Terapeuta Holística. Maestra Espiritual. Coach en Relaciones. Terapia PNL. Transgeneracional. Biodescodificación. Risoterapia. Reiki Master. Terapia Metamórfica. Registros Akashicos. Tarot Evolutivo. Canalizaciones. Terapias y Talleres Vivenciales (Presenciales y On Line). Conferencista. Seminarios Motivacionales.
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viernes, 3 de noviembre de 2017

Lo que teme una mujer



El otro día escuché en la serie La Caza (Netflix) un diálogo que decía más o menos así:
"Lo que más teme un hombre de una mujer es que se ría de él. En cambio, lo que más teme una mujer de un hombre es que la mate."
Aunque no es nuevo me impactó porque ofrece una imagen muy certera de lo diferente que es caminar por la vida, en esta sociedad, como hombre o como mujer.
La mayoría de las mujeres no saben lo que es no tener miedo y la mayoría de los hombres no saben lo que es tenerlo, a caminar sin prejuicios, a moverse con libertad, a expresarse como son.
Hay mujeres valientes, muchas y hombres con miedo, un montón. Sólo voy a lo más simple, el modo de andar por la vida que, sólo por nacer de uno u otro sexo, se hace diferente. No es igual educar a un hijo que a una hija. No sé mira igual en las profesiones, en las instituciones, a un hombre que a una mujer. Sabemos que no hay igualdad, sin embargo hoy he querido centrarme en algo más simple pero, tal vez, más profundo, algo como caminar por la calle a cualquier hora, algo como vestir como nos da la gana o amar y relacionarnos como queramos. No solemos pararnos a mirar esto, incluídas las mujeres ya lo "acatamos" como norma y eso también da mucho miedo; lo establecido, lo que no se mira ni se cuestiona, la desigualdad instalada en la conciencia de todos, la que hay que romper aunque te llamen bruja y aunque te "mueras" de miedo, literalmente para muchas, en muchas épocas.

¡Buenos días seres y humanos!

⚜️ Maga

domingo, 15 de octubre de 2017

Las mujeres de mi genealogía


Me gusta contar a menudo el origen de la condición nómada de las mujeres de la rama materna de mi genealogía. Mi bisabuela Dolores, que en la foto aparece vestida de riguroso luto, nació en Asturias. Joven emigró a Argentina con su marido y allí tuvieron una niña llamada Isabel, mi abuela, que está en la foto junto a mi madre. Cuando Isabel cumplió 2 años, decidieron regresar a España. Era el año 1917.



Mi abuela crece en España y aquí conoce a mi abuelo, nacido en Salamanca. Viven en Zamora en donde tienen 2 hijos. A la segunda le ponen de nombre María Rosa, era mi madre.
En 1951, cuando Rosita tenía 9 años, embarca junto a su madre y su hermano en el buque Córdoba que soltaría su ancla en Buenos Aires, en donde los esperaba mi abuelo. Huían de la famélica posguerra Civil Española.
Mí madre celebró su 15 cumpleaños en el Club Riojano Español de Buenos Aires y ese día conoció a mí padre Pedro Luis, español y riojano. Al cabo de 9 años se casan y tienen 3 hijos. Yo soy la menor de los tres y la única mujer. Nací en un lugar llamado Santa Fe, cuyo hospital fue demolido luego de mi llegada al mundo.


Ingresamos a un nuevo milenio y, casi 100 años después del regreso de mi bisabuela a España, mi madre y mi padre también deciden volver a su tierra natal. Yo vengo después y es aquí en donde engendro a mi hija, Caterina y regreso a Argentina con ella en mi vientre. A los 6 meses de gestación vuelvo a España para dar a luz en un hospital que, poco tiempo después, fue demolido.
No supe el motivo que me había empujado a venir a vivir a España hasta que desmenucé mí árbol y descubrí esta historia al completo.
Hoy se celebra el Día de la Madre en Argentina y, por todas las madres que me precedieron y que compartieron amor con sus hijas en mi país de origen y en este que hoy me acoge, es que comparto esta historia. Y por mi hija, a quien decreto libre, aquí y ahora, de repetir patrones, libre de expresar su amor en cualquier lugar del planeta en donde sea ella misma, siempre.
Gracias mamá, abuela y bisuabuela por sostener los lazos que hasta aquí me han traído y gracias hija de mi alma y de mi sangre por hacerme madre.
¡Feliz día a todas las mamás!

Con ❤️ de Maga y de mamá.

sábado, 30 de enero de 2016

Estás de suerte


Estás de suerte, porque la vida no te dejará escaparte de aquello que tienes que afrontar. Podrás mirar mil veces hacia otro lado, podrás huir refugiándote lejos, podrás culpar a los demás, cambiar de amigos, incluso de pareja, pero seguirás recibiendo los mismos cachetazos una y otra vez, hasta que decidas dejar de creer que cambiando lo que te rodea podrás deshacerte de lo que te hace daño. Hasta que asumas tu responsabilidad en el asunto. Hasta que dejes de jugar a la víctima y te afrontes al hecho doloroso de que tú eras el verdugo.
El hecho inexorable que más nos cuesta afrontar es el hecho de que estamos solos. Nacimos solos, vivimos solos y moriremos solos. Puedes sentirlo como libertad o como soledad. La vida y sus circunstancias son siempre una cuestión de perspectiva. Y nadie puede (¡ni debe!) salvarte de esa soledad. Decía Eckart Tolle: “las relaciones están aquí para hacerte consciente, no para hacerte feliz”. Y es en la más profunda soledad en la que debemos encontrarnos y afrontar nuestras propias batallas con nuestra oscuridad, nuestros miedos y miserias, nuestras vergüenzas y negaciones. No importa si estás rodeado de gente o no, tampoco importa si quien te ama desea ayudarte; a veces la mejor ayuda se hace desde el silencio, aunque no la veas, aunque creas que te han abandonado. Con respecto a esto hay una parábola anónima que cuenta la historia de un par de huellas en la arena caminando juntas y que, en los momentos más difíciles, un par de ellas desaparecía y sólo quedaba una avanazando. Cuando, desde su dolor, el caminante le reclama su abandono a aquel que lo acompañaba, el otro responde “en los momentos en que sólo viste un par de huellas, esas huellas eran las mías mientras te sostenía en mis brazos”. Una vez más, todo es una cuestión de perspectiva y no de expectativa.
El miedo a la soledad nos enfrenta con nuestro más ancestral miedo a la muerte y no seremos capaces de despertar de este sueño hasta que no lo miremos a la cara, hasta que temblando desnudos frente al vacío, nos rindamos y soltemos el control absoluto que pretendemos ejercer sobre la vida.
Existe un momento en tu camino en el que la vida te hace el regalo más grande de todos enfrentándote a la muerte, a la muerte de lo que creías que eras o debías hacer. Entras en crisis, una crisis épica en la que, literalmente, te sientes morir. Entonces, la muerte pasa a convertirse en tu mejor maestra; te toma de la mano y te dice, “vuela, deja de arrastrarte y pelearte con el suelo y vuela”. Y ese vuelo lo emprendemos solos para, desde las alturas, comprender que aquello que llamábamos soledad es la única libertad posible.
Depón las armas, amigo mío. Mírate a los ojos, quizás por primera vez. Sé lo más honesto que puedas contigo mismo y vuelve a ser tu propio guía.
Hoy estás de suerte.

sábado, 6 de junio de 2015

Polifemo: Que nada te mueva de tu paz

Odiseo en la cueva de Polifemo, Jacob Jordaens, primera mitad del siglo XVII.

En la mitología griega, Polifemo (en griego antiguo ‘de muchas palabras’) es el más famoso de los cíclopes, hijo de Poseidón y la ninfa Toosa. Se le suele representar como un gigante barbudo con un solo ojo en la frente.
En el canto IX de la Odisea de Homero, una partida de reconocimiento encabezada por Odiseo, un héroe de la Guerra de Troya, llegó a la isla de los Cíclopes y se aventuró en una gran cueva. En ella entraron y empezaron a darse un banquete con la comida que allí había. No sabían que dicha cueva era el hogar donde vivía Polifemo, quien pronto se topó con los intrusos y los encerró en ella. Entonces empezó a devorar a varios de ellos, pero Odiseo urdió un astuto plan para escapar.
Para hacer que Polifemo se confiase, Ulises le dio un barril lleno de vino muy fuerte sin aguar. Cuando Polifemo le preguntó su nombre, Odiseo le dijo que se llamaba outis, un nombre que puede traducirse como «Ningún hombre» o «Nadie». Cuando el gigante, borracho, cayó dormido, Odiseo y sus hombres tomaron una lanza fraguada y la clavaron en el único ojo de Polifemo. Éste empezó a gritar a los demás cíclopes que «Nadie» le había herido, por lo que entendieron que Polifemo se había vuelto loco, llegaron a la conclusión de que había sido maldito por un dios, y por tanto no intervinieron.
Por la mañana, Odiseo ató a sus hombres y a sí mismo al vientre de las ovejas de Polifemo. Cuando el cíclope llevó a las ovejas a pastar, palpó sus lomos para asegurarse de que los hombres no las montaban, pues al estar ciego no podía verlos. Pero no palpó sus vientres, así huyeron los hombres.
Cuando las ovejas (y los hombres) ya estaban fuera, Polifemo advirtió que los hombres ya no estaban en su cueva. Cuando se alejaban navegando, Odiseo gritó a Polifemo: «¡No te hirió nadie, sino Odiseo!»
Desafortunadamente, no sabía que Polifemo era hijo de Poseidón. Polifemo lanzó entonces una maldición sobre Odiseo, junto con una pesada roca que cayó tras el barco; debido a esto, Poseidón causó gran cantidad de problemas a Odiseo durante todo el resto de su viaje.

¿Esperas el futuro? ¿Cómo puedes esperar algo que no existe? Mientras lo esperas no lo creas, sólo fabricas ausencias; la tuya propia del instante presente.
Si entras en la cueva de las muchas palabras (de la mente con sus argumentos, del ruido mental que te aturde) éstas te devorarán. No es allí en donde está el alimento.
Sólo tú puedes quitarte tu paz: “Nadie te ha herido”.
En tu paz radica tu poder.

martes, 26 de mayo de 2015

Yo Soy el Camino



Hace unos días caí en la cuenta de lo paradójico que resulta haber recibido las bases de la metafísica -rama de la filosofía que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad- en el colegio de monjas al que asistía. Durante todos los años de mi educación en dicha institución, en el escenario del salón de actos, colgaba un cartel con la representación de las sandalias de Jesús que decía: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.
El YO SOY es el decreto más poderoso que existe, según la metafísica. Todas las religiones coinciden en afirmar que Dios es el YO SOY. YO SOY es más que un nombre, contiene en sí toda la energía de la creación.
El punto está, como siempre, en la interpretación de estás palabras de Jesús. Como se ha hecho con la mayoría de las cosas se ha llevado fuera. Cuando Jesús dijo YO SOY EL CAMINO, no estaba refiriéndose pura y exclusivamente a sí mismo, principalmente porque, como ser despierto, no se consideraba separado del resto de la humanidad y la incluía siempre en en sí mismo. HAZ COMO YO HAGO no significa HAZ LO QUE YO HAGO. No dice que él es la única manifestación de la vida, el único camino o la única verdad, sino que hace la invitación a repetir esas mismas palabras en ti. La clave está en el COMO y el cómo es convertirse en el propio camino, aceptar la propia verdad y comprender que toda la manifestación de la vida está en uno y no fuera de uno insistiendo en ser otros distintos a los que somos.
Cada uno es su propio YO SOY, su propio maestro y es a ese maestro interior al que debemos seguir.
No hay a dónde llegar más que a uno mismo, llegarse al propio SER, al propio YO SOY.
Inclusive cuando hablamos de SER SUPERIOR muchas veces caemos en el error de volver a poner a ese ser fuera de nosotros mismos, allá arriba, a veces inalcanzable.
nada hay fuera de uno, nada allá arriba, nada que debamos seguir o alcanzar.
YO SOY EL CAMINO es la invitación a asumir el propio poder.
¿Quién quiere despertar y responsabilizarse de sí mismo? Eso es crecer, hacerse mayor.

La siguiente afirmación sencilla usada con sincera determinación, le traerá al individuo todo lo que él pueda posiblemente desear:
“YO SOY” la gran opulencia de Dios hecha visible en mi uso ahora y continuamente.
“YO SOY” la Resurrección y la Vida.
“YO SOY” la Resurrección y la Vida de mi Salud.
“YO SOY” la Resurrección y la Vida de mi negocio.
“YO SOY” la Resurrección y la Vida de mi Amor.
“YO SOY” la Resurrección y la Vida de mis riquezas

viernes, 8 de mayo de 2015

Veinte siglos igual



Vivimos en una cultura que ensalza a los mediocres y ridiculiza a los grandiosos. Llama grandioso al pobre de espíritu y teme a los seres libres. Es la misma sociedad que asesinó al Cristo. Es la misma que sigue asesinando a los que portan la linterna de la verdad. No interesa la verdad. Mirarse al espejo y descubrir qué miserias habitan en la propia casa. Mirarse al espejo con el riesgo de empezar a ver un pequeño destello, un tímido brillo de una luz propia que asusta y mucho porque pide ser liberada y obliga a asumir la responsabilidad sobre sí mismo.
Puede que la luz sea asesinada, pero lo otro se automutila y fabrica enfermedades constantemente. La agonía es mayor.
Existe un único infierno y está en el propio espejo.
Existe un único cielo y está en el mismo lugar.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Cristianos, budistas, ateos y científicos, más iguales de lo que creemos.

Beautiful Edimburgh

Me atrevo a decir que es fácil ser ateo, no creer en la existencia de Cristos y Budas humanos, o de cualquiera de los avatares que nos obligan ineludiblemente a mirarnos adentro.
Los dioses se han puesto bien alto, arrancándoles su humanidad, para desistir en la búsqueda de los mismos dentro de cada uno de nosotros, del poder y la divinidad que llevamos intrínseca. Para que su reflejo no nos ciegue, no nos diga cuánto camino nos queda por recorrer.
Negar su existencia es lo mismo que enaltecerla, los polos opuestos se atraen demasiado. En ambos lados se coloca como algo inalcanzable, da igual el argumento. Uno por temor, para que no llegues, para que desistas en su búsqueda y, por ende, en encontrar tu propio poder, el otro por comodidad quizás o por absoluto rechazo al anterior; al igual que ha sucedido entre machismo y feminismo.
Existieron y existen Cristos y Budas humanos (puedes elegir cualquier otro avatar, otro nombre, es lo mismo) y, como muchos lo han ya dicho, están siendo asesinados a diario, muchas veces a través de la burla y la degradación o del odio mismo. 
Son peligrosos los extremos. Es sospechoso escapar con fuerza de un lado hacia el otro porque se acaba perpetuando aquello de lo que se escapa.
Y tampoco aquellos que endiosan la ciencia escapan a este movimiento. La ponen tan alto que nadie puede atreverse a contradecirla o dudar de ella.
Endiosamiento o degradación, dos caras de la misma moneda, son actitudes llevadas a cabo a través del velo, el mismo velo de inseguridad y falta de reconocimiento de la propia esencia. 
Juicio, falta de observación, incapacidad de apertura. Sentenciando constantemente desde la propia percepción, desde la ilusión que habitamos. Miedo a reconocer la ilusión, a cuestionarla, a mirarla profundo y de frente. 
Nos negamos a reconocernos en el otro, en su divinidad y también en su miedo. Los extremos nos separan. La línea recta no admite un encuentro. El círculo, el punto medio, nos acerca.
En nuestro deseo por diferenciarnos nos parecemos más de lo que creemos. Diferenciamos al otro para conocerlo pero olvidamos que conocerlo es reconocernos en él y que el verdadero significado de conocer es amar.
Mientras exista un sólo ser o esencia sobre la tierra de la que nos sintamos separados, a la que rechacemos, no podremos conocer la absoluta expresión de la palabra amor y amarnos a nosotros mismos completamente, incondicionalmente.
Y esto también puede estar sonando extremista. Sin embargo, todo aquello que somos capaces de concebir es porque ya ha sido creado. Mientras nos mantenemos caminando, sin la comodidad de acomodarnos en un lugar y desde allí erigirnos jueces inamovibles, vamos acortando distancias. Reconocernos en el camino, sentir que avanzamos cada día hacia esa apertura, hacia ese encuentro. Reconocernos simplemente observadores del paisaje, que nos incluye. La humildad está en los pies, quizás ese sea el símbolo de las sandalias de Cristo y los pies de Buda. La corona siempre será de espinas mientras confiemos únicamente en la soberbia de nuestra mente, de nuestra altura que nos diferencia del resto. 
No nos subamos tampoco tan alto que podamos caernos ni tan bajo que podamos hundirnos. Ni ateo, ni ciego creyente; observador y caminante, aprendiz y maestro de sí mismo.




martes, 8 de abril de 2014

Kintsukuroi


En este mundo de-mente en el que nos gusta hacerlo todo al revés, con cada herida recibida nos cerramos. Usamos su marca para recordar el dolor que nos ha provocado y así acrecentamos nuestro rencor y mantenemos el miedo de que algo pueda volvernos a herir. 
¿Te das cuenta? ¡Nos centramos en el dolor! Y ¿Qué crees que sucede cuando te empeñas en recordar lo desagradable, lo que duele? Allí donde pones tu atención, eso es lo que harás crecer. Es ley que atraes aquello en lo que piensas, está más que demostrado ¿verdad? 
Nuestra cultura tan "civilizada", tan "amaestrada", nos ha enseñado a rechazar la belleza que se esconde en cada herida. 
Cuando éramos pequeños nos caímos de la bicicleta mil veces y no por eso acabamos odiando a la bicicleta, ¿en qué momento decidimos abandonar esa actitud?
Déjame contarte una historia. Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. Kintsukuroi es el término japonés que designa al arte de reparar con laca de oro o plata, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto. 
Ahora llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos. ¡Cuán importante resulta el enmendar! Cuánto, también, el entender que los vínculos lastimados pueden repararse con los hilos dorados del amor, y volverse más fuertes. Aquí te dejo un cuenco bellísimo para compartir el té.


Con el amor por delante, vive. No temas. Ojalá nunca pretendas vivir sin que nada te hiera. Las heridas, al abrirse, te enseñan cuán profundo eres y, al cerrarse, te ensenarán cuán fuerte eres. Y cada vez que veas su cicatriz recordarás cuán valiente has sido por darte, por atreverte a sentir, a confiar, a amar, por atreverte a ser. 
Las heridas son como las estrellitas que te ponía la maestra en el cuaderno cuando habías aprendido la lección. Si tienes tu cuerpo lleno de estrellas es gracias a ello que brillas y esa luz va desparramándose tras de ti, como las migas de Pulgarcito, para quien necesite recordar el camino de regreso. 
Cada herida te fortalece... Cada herida se convierte en una grieta de oro que brilla, te hace brillar e ilumina el camino de los demás...


sábado, 29 de marzo de 2014

De Calipso a Penélope


De Calipso a Penélope está el camino entre la necesidad de poseer al otro a través argucias por el temor a perderlo, y la fe y la confianza de que al amor verdadero no hace falta retenerlo sino tejerlo en nuestra propia vida.
Tejer una red de amor, no para el otro, sino para el amor mismo, para que pueda entrar en nuestra vida. El miedo sólo puede tejer un nido de ratas y nadie querría regresar allí.
Hemos creado un mundo absurdo en torno al "amor" o a aquello que llamamos "amor" y desde el miedo no podrá haber encuentro nunca. Alguno tendrá que permitir que el amor se cuele y haga su trabajo. 
Deja de temer entonces como Calipso y confía en el orden mayor como Penélope.
Para tejer el amor se necesita tiempo, paciencia, constancia y confianza. 
Si te enfadas es porque temes, si temes es porque no confías y si no confías es porque no estás vibrando en amor.
La tela de Penélope simboliza la fe y la confianza, y también el amor que es el que mantiene estas dos cualidades.
He aquí ambas historias, elije quién quieres ser.

Calipso

En la mitología griega, Calipso (en griego Καλυψώ, ‘la que oculta’) era, según la Odisea, una hija del titán Atlas que reinaba en la hermosa isla de Ogigia. En la Titanomaquia, cuando los titanes perdieron la guerra, los Olímpicos castigaron a Calipso, por ser hija de Atlas, enviándola a Ogigia. Se dice que cada milenio los dioses le mandaban un héroe para que ella se enamorara, pero que luego, el destino, obligaría a Calipso a dejarlo marchar.
Cuando Odiseo, que se hallaba a la deriva tras naufragar su barco, llegó a esta isla, Calipso lo hospedó en su cueva, y le agasajó con manjares, bebida y su propio lecho. Lo retuvo así durante siete largos años, y tuvo de él dos hijos: Nausítoo y Nausínoo. Calipso intentó que Odiseo olvidara su vida anterior, y le ofreció la inmortalidad y la juventud eterna si se quedaba con ella en Ogigia. Pero el héroe se cansó pronto de sus agasajos, y empezó a añorar a su mujer: Penélope.
Viendo esta situación, Atenea intervino y pidió a Zeus que mandase a Calipso que dejara marchar a Odiseo. Zeus envió a su mensajero Hermes, y Calipso, viendo que no tenía más opción que obedecer, dio a Odiseo materiales y víveres para que se construyera una balsa y continuara su viaje. Odiseo se despidió de ella, no sin cierto recelo por si se tratara de una trampa, y zarpó. Algunas leyendas cuentan que Calipso terminó muriendo de pena.

Odiseo y Penélope

Ὀδυσσεὺς en griego, Vlixes en latín, hijo de Leartes y Anticlea, fue el rey de Ítaca. Se casó con la bella Penélope, hija del rey Icario, con la que tuvo un hijo, Telémaco.
Cuando Leartes, su padre, le cede su reino con todas sus riquezas, Odiseo reconstruye el reino y adquiere fama de hospitalidad, fuerza y riqueza. Pero su felicidad dura poco tiempo, ya que es llamado a combatir en la Guerra de Troya. Durante ésta, Odiseo prestó sus servicios a Agamenón, aunque en un principio no quería acudir a la contienda ya que un oráculo le había revelado que le alejaría por muchos años de su esposa y su hijo recién nacido.
La amarga separación de Odiseo y Penélope no sería breve, ya que tras la Guerra de Troya, en la que el héroe destacó por su valor y dotes de consejero prudente y eficaz, una tempestad alejó su flota del camino a casa y sufrió la irá de Poseidón por dejar ciego a su hijo Polifemo.
Tras diez años de larga travesía, afrontando numerosas y diversas dificultades, entre las que no faltaron las solicitudes de bellas mujeres como Circe y Calipso,  para que Odiseo olvidara a su amada esposa, viviendo una cómoda vida llena de placeres, el héroe no cesó en su empeño de regresar a su patria y reunirse nuevamente con su familia.
Por fin, veinte años después de su marcha Odiseo consiguió alcanzar su sueño de volver a casa. No obstante, había pasado mucho tiempo sin que Ítaca tuviera noticias de su rey y sin que Odiseo tuviese noticias de su patria, por lo que el héroe desconocía si aún tenía palacio y si su esposa había conseguido permanecerle fiel.
La larga ausencia de Odiseo había sido una gran prueba de fe para quienes quedaron en Ítaca, su madre no consiguió superar la pena de su marcha, muriendo a poco de marchar a la guerra, su padre se había retirado al campo, alejándose del palacio y su esposa, ¿qué paso con Penélope?
Cuando la ausencia de Odiseo comenzó a prolongarse, la bella reina comenzó a recibir constantes e insistentes solicitudes de matrimonio. No obstante, Penélope rechazó sistemáticamente toda solicitud de matrimonio, manteniendo la esperanza de que su marido, como le había prometido, volvería a su lado.
Los pretendientes se instalaron en el palacio, gastando los recursos de la bella Penélope, que se quejaba amargamente sin que nadie escuchara su opinión, si no era la de elegir pretendiente. Finalmente Penélope, ideó un plan para aplacar a los indeseados inquilinos de palacio. Les dijo que elegiría pretendiente cuando terminara de tejer la mortaja de Leartes, pero cada noche deshacía lo que bordaba durante el día. Pero, tras tres años
siguiendo esta rutina, una criada delató a la dulce Penélope y el plazo permitido por los pretendientes terminó abruptamente.
Quiso la fortuna que Odiseo llegase oportunamente a su patria, pero no marchó directamente a Palacio, sino que buscó a uno de sus hombres de confianza, Eumeo, quien se hallaba en compañía de Telémaco. Padre e hijo se conocieron por fin y marcharon juntos a palacio, si bien, Odiseo se disfrazó de mendigo para no ser reconocido.
Penélope, enterada de la llegada de un mendigo extranjero, solicitó entrevistarse con él para tener noticias de su
amado, reuniéndose con él al anochecer. Mientras Odiseo le daba mensajes de esperanza a Penélope, sin revelarle quien es, Telémaco, según ordenes de su padre, escondía  todas las armas de palacio. La reina comunicó al “extranjero” que un sueño le dice que Odiseo llegaría pronto, pero que ya no estaba segura de ello y al día siguiente organizaría un concurso para otorgar su mano al vencedor.
Así, a la mañana siguiente Penélope se presentó ante los pretendientes con el arco que en su día le regaló Ífito a Odiseo y les comunicó su decisión de conceder su mano a quien consiguiera atravesar con una flecha unos anillos. Pero el problema que se encontraron los pretendientes es que eran incapaces de tensar el arco. Entonces, Odiseo pidió permiso para intentarlo y Penélope se lo concedió amablemente. Ante el asombro
de todos, el “mendigo extranjero” tensó el arco con facilidad y acertó con soltura en el blanco. Al momento, las puertas del palacio fueron cerradas, llegando Telémaco con fieles partidarios con armas y todos los pretendientes, que tanto habían abusado de la hospitalidad de su madre y de su casa, fueron asesinados, al igual que las criadas que no habían mostrado fidelidad a su señora.
Finalmente Odiseo le reveló a Penélope quien era, dándole pruebas de ello y la diosa Atenea, prolongó esa noche para que los esposos pudieran tener tiempo para contarse sus aventuras.
Si Odiseo es el ejemplo del guerrero astuto y dialogante, la perseverancia y amor incondicional de Penélope, la ha convertido en el símbolo de la fidelidad, ya que esperó a su marido durante los veinte años que duró su travesía, rechazando constantemente las solicitudes que le hubieran permitido vivir placenteramente en palacio.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La Navidad Celta y Romana

La rueda del año celta


El solsticio de invierno
La Navidad, tal y como la conocemos hoy en día, se basa en la tradición religiosa del nacimiento de Jesús, la visita de los reyes magos y los milagros hechos por Santa Claus (San Nicolás).
Sin embargo, las fiestas navideñas sólo se empezaron a celebrar a partir de la Edad Media, y fueron los papas de aquella época quienes fijaron la fecha en el 25 de diciembre, precisamente para que los fieles prestasen menos atención a las fiestas paganas del solsticio de invierno y más a las celebraciones religiosas. Incluso el típico árbol de navidad tiene un origen celta.

Cosas que ocurren durante el solsticio de invierno
El solsticio de invierno es el día más corto del año. Esto es así porque se trata del momento en que la tierra está más inclinada con respecto al sol, y por ello recibe menos luz.
Este momento era considerado por muchas culturas como inicio del año, y ese es el motivo de las celebraciones.

La tradición celta
En la cultura celta, la festividad del solsticio de invierno recibía el nombre de Yule. El Yule designa el momento en que la rueda del año está en su momento más bajo, preparada para subir de nuevo.
En Escandinavia existía la tradición de celebrar el Yule con bailes y fiestas. También se sacrificaba un cerdo en honor de Frey, dios del amor y la fertilidad, que según la creencia controlaba el tiempo y la lluvia.
Durante la festividad de Yule era tradicional quemar el tronco de Yule, un largo tronco de árbol que iba ardiendo lentamente durante toda la temporada de celebraciones, en honor del nacimiento del nuevo sol. De esa tradición proceden los pasteles en forma de tronco (troncos de chocolate) que hoy en día se comen en Navidades.

El culto a los árboles
Los antiguos celtas creían que el árbol representaba un poder, y que ese poder protegía y ayudaba al árbol. Los bosques sagrados servían como templo a los germanos.
Para los galos, la encina era un árbol sagrado sobre el que los druidas, sacerdotes celtas guardianes de las tradiciones, recogían el muérdago siguiendo un rito sagrado.
Esta tradición, heredada a través de los siglos, sirvió de inspiración para el actual árbol de Navidad.



La antigua Roma
En la antigua Roma, en diciembre se celebraba la Saturnalia, en honor al reinado del dios Saturno sobre Roma en la Edad de Oro. En esa edad, la tierra en Roma producía abundantemente y no había guerras ni discordia.
Durante la Saturnalia se celebraban fiestas durante una semana entera, con comilonas y abundante bebida. A lo largo de esa semana se invertía el orden social: los amos servían a los esclavos, los esclavos se convertían en amos y desempeñaban altos cargos del estado.
Era tradicional intercambiarse regalos hechos en plata, aunque casi cualquier cosa podía servir de regalo para la ocasión.
La fiesta también era una celebración del fin de las tinieblas y el comienzo de un nuevo año. Aquí puedes ver un fragmento de las palabras que la sacerdotisa pronunciaba para el rito de la Saturnalia:
"Esta es la noche del solsticio, la noche más larga del año. Ahora las tinieblas triunfan y aún así todavía queda un poco de luz. La respiración de la naturaleza está suspendida, todo espera, todo duerme. El Rey Oscuro vive en cada pequeña luz. Nosotros esperamos al alba cuando la Gran Madre dará nuevamente a luz al sol, con la promesa de una nueva primavera. Así es el movimiento eterno, donde el tiempo nunca se detiene, en un círculo que lo envuelve todo. Giramos la rueda para sujetar la luz. Llamamos al sol del vientre de la noche. Así sea."
Finalmente, a lo largo de la Edad Media, esa fiesta se fue alargando en el tiempo hasta convertirse en lo que hoy en día conocemos como Carnavales.