Gabriela Collado

Terapeuta Holística. Maestra Espiritual. Coach en Relaciones. Terapia PNL. Transgeneracional. Biodescodificación. Risoterapia. Reiki Master. Terapia Metamórfica. Registros Akashicos. Tarot Evolutivo. Canalizaciones. Terapias y Talleres Vivenciales (Presenciales y On Line). Conferencista. Seminarios Motivacionales.
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sábado, 10 de febrero de 2018

El límite lo pones tú

Torres del Paine, El Chaltén. Patagonia Argentina. Foto de Leonardo Collado


¿Cuán separado ha de estar uno de uno (del UNO) para que la vida le muestre carencias y faltas? No es algo que deba “hacer” si no algo que debe unir o reunir. La coherencia, volver a la Unidad, la síntesis.
En realidad, todas son apariencias, lo que nos falta en apariencia, porque está ahí pero mi falta de unidad me impide verlo o acceder a ello.
A veces es algo que así debe suceder, bien para que pueda verlo, bien para reparar o equilibrar otra cosa. Porque nada falta en ningún momento. El Reino del Padre está siempre al alcance de todos y todos habitan en el Reino del Padre, aún con sus cegueras y distorsiones.
Muchas veces vemos la vida como algo que hay que atacar o defender, algo que hay que conseguir o alcanzar. Es sumamente desgastante y agotador y, seguramente, el motivo de que nos hagamos viejos y muramos enfermos.
La vida es tiempo que acontece y será una cosa u otra depende desde donde decidamos observarla. Si me paro en el YO (EGO) entonces serán cosas que “me hacen” o “no me hacen”. Si consigo salir de mi personaje, entonces serán simplemente “cosas que suceden” y, desde ahí fuera, podré manejar mejor mi respuesta, pues desde dentro sólo será una reacción (al igual que lo es un síntoma o enfermedad).
Una gran montaña no es nada sin cada grano de arena que la compone. Son los pequeños pasos de cada día los que te conducen a la cima. El límite lo pones tú.

Gabriela Collado
Créditos imagen: Leonardo Collado. Torres del Paine en El Chaltén, Patagonia Argentina

domingo, 9 de julio de 2017

Cuando alguien muere todos morimos un poco



Todos los días muere alguien, es muy cierto, como también lo es que cada día, todos morimos un poco. Pero no es lo mismo cuando nos toca vivir de cerca la muerte de alguien a quién hemos conocido, a quien hemos visto, aunque sólo sea una vez.
Antes de anoche murió alguien con quien compartí apenas unos días en un retiro budista hace algunos años. Pedro tenía dos años menos que yo y se lo llevó de la mano una caída fatal. Recordé aquellos días en Trets, cuando repetimos juntos Nam Mioho Rengue Kio frente a un gohonzon, y me sentí triste.
Hace pocos días, también lloraba por la partida de alguien a quien había querido mucho.
Por regla general la muerte no es algo que me afecte especialmente; quiero decir que mi relación con ella ha sido siempre bastante natural; para mí la muerte siempre ha sido una parte de la vida y sé que ese ser no desaparece si no que se transforma y emprende un viaje con un nuevo rumbo. Así fue cuando presentí la muerte de mis abuelos, cuando despedí a mis padres.
Hoy me levanté pensando por qué la noticia de éstas dos muertes me ha movido algo más de lo habitual, por qué las muertes más cercanas nos afectan más que otras. No hablo de la persona que amas o aquella con la que vives, me refiero a cuando lloramos la muerte de alguien no tan cercano a nuestra vida, a nuestro día a día.
Lo que me respondí fue: la identificación. Nos identificamos con aquello que miramos y aquello en lo que nos miramos por eso nos afecta más la muerte de aquellos con quienes compartimos o hemos compartido parte de nuestra identidad. Podría, incluso, tratarse de alguien a quien no hemos visto jamás en persona pero que nos ha despertado mil y una emociones, como un cantante, un actor o nuestro ídolo del deporte. Aquellos seres con los que compartimos emociones, creencias, lugar, edad; todo lo que hace que nos digamos en ese momento "podría haber sido yo", porque si nos hemos visto reflejados con una parte de su vida, o un aspecto de ésta, también podemos ver una parte nuestra en su muerte.
Empecé diciendo que todos los días morimos un poco, porque cada día nos transformamos, porque el río que vemos no es el mismo río nunca aunque lo parezca y porque, cada ser que parte de este plano y con el que hemos compartido un trozo de nuestra conciencia, también se lleva parte de ese trozo aunque también nos deja algo de sí que nos transforma.
No soy la misma que antes de ayer ni seré la misma que mañana; la muerte de estas personas me recuerda que debo vivir esta vida ahora sin perder más tiempo teniendo miedo.
Creo que todos pactamos cuándo y cómo llegar a este mundo y también cuándo y cómo irnos de él, que son pasos naturales e ineludibles de la vida. Creo que si hemos elegido estar aquí y ahora es para experimentar la conciencia en todas su formas. Creo que cada par de ojos en los que me he mirado reflejan una parte de mí y que, cuando esos ojos se cierran, se va con ellos; tal vez por eso duela un poco más. Creo que el mejor honor que podemos hacerle a la muerte de otro ser es llenarnos de vida.
Sé que cuando lloro la partida de alguien no lloro por su muerte, porque es luz que vuelve a la luz, amor que regresa al origen.
Por todos aquellos trozos de nuestra vida que debemos dejar partir, aquello a lo que debemos dejar morir para poner nueva vida en su lugar. Por los seres que nos han transformado en lo que somos y que ahora se han transformado en luz. Aquellos que solo se han adelantado a nuestro viaje y que nos esperan al otro lado para seguir jugando a un juego nuevo, para seguir creciendo, para seguir amando.
¡Carpe diem amigos!

Maga

sábado, 17 de junio de 2017

Yo Soy Fuerte

 
 
Estás ahí sentado, llenándote de queja, pidiéndole a tu Dios que te envíe más de aquello que repites tanto, para que puedas seguir identificándote con eso. No oyes la voz que clama por tu reino. Hasta donde seas capaz de ver, será tu reino.
¿Qué sucedería si, en medio de esa angustia, en medio de toda esa rabia, te pones de pie y proclamas “YO SOY FUERTE”, quizás te preguntarías ¿qué hago aquí llorando?, aquello por lo que lloro ya ha pasado, ya no está aquí, o más aún, todavía no ha sucedido, por lo tanto no está aquí.
“YO SOY FUERTE”, repítelo para ti, en voz alta, en tu mente, alzando la barbilla y la mirada y con una ligera sonrisa en tus labios.
“YO SOY FUERTE”.
Una cosa es estar triste o enfadado y otra es mudarse vivir allí y entonces, ese será tu reino, todo cuánto alcanzas a ver.
Puedes sonreír, a pesar de ti mismo, a pesar de tu creencia de que debes estar triste 0 disgustado. A veces no es más que eso, una creencia. Si alguien muere, debo llorar; si alguien me insulta, debo enfadarme. Puedes llorar o enfadarte, no es ese el punto, si no si es lo que realmente tú sientes o es lo que crees que debes sentir. En cualquiera de los casos: “YO SOY FUERTE”, “YO PUEDO”.
Genesis 13:15 “Pues toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre”.
Lo que ves es tuyo, porque es lo que eres dentro de ti y, no es tanto lo que ves, sino cómo has decidido verlo y eso es lo que enseñarás y transmitirás a tu descendencia, y eso es lo que heredaste de los tuyos.
Existe una diferencia entre reclamar y proclamar. Salte del reclamo y proclama: “YO SOY FUERTE”, “YO SOY EL QUE VE MAS ALLA DE LO QUE EN APARIENCIA CREE”, “YO SOY EL CREADOR DE MI PROPIA REALIDAD, A CADA INSTANTE Y DESDE AHORA Y PARA SIEMPRE”.

jueves, 18 de mayo de 2017

Distinguiendo los apegos



Desapego también es dejar que cada uno asuma sus propias decisiones y acciones. Es dejar de querer hacerte cargo de responsabilidades ajenas.
Apego es pensar que yo sé qué es lo mejor para otro, inclusive para mí.
Nos apegamos a la idea de creernos necesarios e imprescindibles para la vida de otra persona. Y así, también nos apegamos a creer que sin esa otra persona nuestra vida no tendrá sentido.
Vivimos apegados a nuestra soberbia y a nuestro propio desprecio.
Ap-ego es miedo, sobre todo a desaparecer; tiene que ver con el miedo a la muerte y a la no trascendencia. Miedo a no ser importante.
Sólo dejo de ser importante si creo que no lo soy. Y soy tan importante como una mota de polvo.
En el universo de la unicidad no hay grados de importancia ni raseros con los que medirse. No hay muerte sino transformación. El apego se niega a esos cambios. Es como un grano en tu cara que se niega a desaparecer porque cree que te embellece.
¿Eso quiere decir que no tengo que ayudar a nadie o que no tiene sentido crear nada?
No, en absoluto. Es maravilloso ayudar a otro, como lo es también crear. El punto del apego se halla en la intención de tu ayuda o de tu creación; el "para qué". El apoyo incondicional es dar amor a otro por el solo hecho de darlo, sin esperar devoluciones ni reconocimientos. La creación es la expresión del amor que soy. Cuando dejo de disfrutar de lo que hago, deja de ser creación y me atrapa.
Cualquier cosa a la que temo me tiene atrapado.
El amor siempre libera.

¡Disfruta este instante que ya es otro!

⚜ Maga

martes, 25 de octubre de 2016

La Santa Muerte

 
 
Se dice que las culturas antiguas utilizaban la calavera como signo del alma porque, despojados de todo, la humanidad se veía toda igual. 
Me gusta como punto de vista. 
Vamos caminando hacia la muerte. Siempre caminamos hacia la muerte, viviendo, disfrutando, en el mejor de los casos, siendo y amando, intentando aprender, para que cuando llegue, la persona a la que veamos en el espejo, nos guste. 
La muerte es una amiga, una aliada que comparte tu vida a cada instante. No importa si no eres consciente de ello pero, si lo eres, tendrás la fortuna de recibir su regalo, de escuchar sus consejos; porque no hay nadie que pueda enseñarte mejor el valor de la vida, que la muerte. 
No le temas a esta gran maestra. Al fin y al cabo todos necesitamos que nos susurren cuáles son las cosas que debemos dejar morir para tener más vida. 
Esta es una época propicia para reflexionar al respecto. 
¿La escuchas? Es la que te dice: ¡Vive! 
 
⚜ Maga ☥

sábado, 30 de enero de 2016

Estás de suerte


Estás de suerte, porque la vida no te dejará escaparte de aquello que tienes que afrontar. Podrás mirar mil veces hacia otro lado, podrás huir refugiándote lejos, podrás culpar a los demás, cambiar de amigos, incluso de pareja, pero seguirás recibiendo los mismos cachetazos una y otra vez, hasta que decidas dejar de creer que cambiando lo que te rodea podrás deshacerte de lo que te hace daño. Hasta que asumas tu responsabilidad en el asunto. Hasta que dejes de jugar a la víctima y te afrontes al hecho doloroso de que tú eras el verdugo.
El hecho inexorable que más nos cuesta afrontar es el hecho de que estamos solos. Nacimos solos, vivimos solos y moriremos solos. Puedes sentirlo como libertad o como soledad. La vida y sus circunstancias son siempre una cuestión de perspectiva. Y nadie puede (¡ni debe!) salvarte de esa soledad. Decía Eckart Tolle: “las relaciones están aquí para hacerte consciente, no para hacerte feliz”. Y es en la más profunda soledad en la que debemos encontrarnos y afrontar nuestras propias batallas con nuestra oscuridad, nuestros miedos y miserias, nuestras vergüenzas y negaciones. No importa si estás rodeado de gente o no, tampoco importa si quien te ama desea ayudarte; a veces la mejor ayuda se hace desde el silencio, aunque no la veas, aunque creas que te han abandonado. Con respecto a esto hay una parábola anónima que cuenta la historia de un par de huellas en la arena caminando juntas y que, en los momentos más difíciles, un par de ellas desaparecía y sólo quedaba una avanazando. Cuando, desde su dolor, el caminante le reclama su abandono a aquel que lo acompañaba, el otro responde “en los momentos en que sólo viste un par de huellas, esas huellas eran las mías mientras te sostenía en mis brazos”. Una vez más, todo es una cuestión de perspectiva y no de expectativa.
El miedo a la soledad nos enfrenta con nuestro más ancestral miedo a la muerte y no seremos capaces de despertar de este sueño hasta que no lo miremos a la cara, hasta que temblando desnudos frente al vacío, nos rindamos y soltemos el control absoluto que pretendemos ejercer sobre la vida.
Existe un momento en tu camino en el que la vida te hace el regalo más grande de todos enfrentándote a la muerte, a la muerte de lo que creías que eras o debías hacer. Entras en crisis, una crisis épica en la que, literalmente, te sientes morir. Entonces, la muerte pasa a convertirse en tu mejor maestra; te toma de la mano y te dice, “vuela, deja de arrastrarte y pelearte con el suelo y vuela”. Y ese vuelo lo emprendemos solos para, desde las alturas, comprender que aquello que llamábamos soledad es la única libertad posible.
Depón las armas, amigo mío. Mírate a los ojos, quizás por primera vez. Sé lo más honesto que puedas contigo mismo y vuelve a ser tu propio guía.
Hoy estás de suerte.